Las paralelas se cruzan en el infinito

La semana pasada escribí un poema sobre los recuerdos. Es una especie de reflexión que se cuestiona su existencia: por qué atesoramos partes de nuestro pasado con tanto ánimo, por qué volvemos a ellas, por qué tenemos tantas reminiscencias. Lo que concluye es que nuestro pasado nos ayuda a encontrarnos y nos permite entender quiénes somos.

Siempre volvemos. Hay lugares, recuerdos, sensaciones, personas a los que siempre volvemos, con los que siempre permanecemos conectados. Y tarde o temprano, regresamos. Es probable que suceda porque estamos cansados de ir, de avanzar hacia una especie de meta en general indefinida, o porque nos perdemos y retroceder tres pasos nos brinda una mejor perspectiva.

¿En dónde queda todo lo que una vez estuvo tan presente cuando se va? ¿Se va de verdad? Puede que se esconda en alguna parte de nosotros para reaparecer cada tanto. O quizá se manifieste de manera diferente. A pesar de encontrarnos en constante cambio, hay aspectos que conservamos. Retenemos nuestra esencia. Pero a veces la perdemos y tenemos que encontrarla.

Volvemos a nuestro pasado todo el tiempo porque, aunque no parezca, mucho tiene que ver con el ahora. Recordamos y a veces incluso hacemos mucho más que eso. Intentamos recuperar el antes, volver a tocarlo. Y en algunos casos, cuando lo hacemos, nos topamos con un ahora que es diferente pero que se parece al que conocimos. Eso nos alivia, sobre todo cuando nuestro presente vive en la penumbra.

Me gusta eso del ser humano, que de algún modo lo vuelve tal. Me gusta que queramos regresar para sentir otra vez y recordar para comprender, o que seamos incapaces de mirar atrás porque nos aterra tan solo pensar en lo que ya no está. Es curioso que tanto de nosotros se encuentre en lo que ya vivimos y que recuperarlo, aunque sea por un momento, nos dé felicidad o nos suma en la tristeza.

El pasado va a nuestro lado. Nos toma de la mano, nos da un coscorrón, nos dice “te lo dije”, nos da respuestas o nos deja con todas las preguntas posibles. Siempre está ahí, queramos verlo o no. Su reaparición puede ser trágica o maravillosa. Tal vez pase mucho tiempo y no se haga presente, pero nos sigue en una especie de senda cercana a la nuestra y ambas, como si fueran meras líneas paralelas, se cruzan de vez en cuando en distintos infinitos.

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Depende

Hace ya un tiempo, fui a un evento de poesía que una amiga organizó. Fue en un bar no muy conocido, que está perdido por el centro de Montevideo. Dudo que mucha gente repare en él, no llama mucho la atención. Sin embargo, es un lugar de lo más acogedor. Esa noche, la decoración del local, de lo más pintoresca, se combinaba a la perfección con la iluminación y la música que sonaba de fondo.

Fui sola. Mi amiga me presentó a sus amigos, pero no entablé más que una conversación superficial con ellos antes de entrar al bar. Una vez adentro, todos nos desperdigamos por ahí. Me quedé parada en un sitio poco conveniente, por donde la gente pasaba. Después de unos minutos de pura incomodidad, durante los que intenté encontrar un asiento, decidí, con gran temor, sentarme en una mesa ya ocupada por dos muchachos, donde quedaban dos sillas libres. “Permiso, me voy a sentar acá” dije entre risas nerviosas. Sus miradas amigables y sus risas me hicieron sentir mucho mejor. El temor y los nervios que me dominaban se disiparon.

Siempre voy a sentirme orgullosa por haber vencido mi timidez ese día. No soy tímida, pero a veces me cuesta  mucho dar el primer paso. Una vez que lo hago, en general, todo marcha bien, como pasó ese día. Reírse de uno mismo siempre es una buena manera de empezar una charla con extraños (al menos eso creo), así que les dije a los dos chicos que sentarme en una mesa con desconocidos siempre había sido uno de mis sueños, como ese de subirse a un taxi y gritar “¡siga ese auto!”. Los dos rieron y eso me alegró. Conversamos un buen rato sobre la vida. Después apareció otra chica que se nos sumó, otra desconocida.

Por supuesto que existen muchas personas que no quieren hablar con desconocidos. No las culpo. Es más bien una rareza. ¿A quién se le ocurre? Bueno, supongo que a mí y a unos cuantos más. No debo de ser la única que se emociona por algo así, pero tampoco debo de ser parte de una mayoría arrasadora. Incluso en situaciones en las que realmente resulta apropiado entablar una conversación, mucha gente se escabulle. Hace un par de meses, estuve en un congreso de traducción. ¿Qué mejor lugar que un congreso para conversar con otros? Me parece ideal (sobre todo cuando los asistentes son traductores). Sin embargo, es claro que mucha gente discrepa: lo último que quiere es entablar una charla con algún desconocido.

Al congreso fui con una amiga, pero hubo una instancia en la que nos separamos porque queríamos asistir a ponencias distintas. Antes de que empezara la mía, me dispuse a comer una barrita de cereal (no sé si es correcto comer en un congreso justo antes del comienzo de una ponencia, pero bueno, lo hice). Fue entonces que apareció una chica y me pidió que cuidara sus cosas un momento. Como estaba comiendo, alcancé nada más a asentir. La chica llevaba una taza de café en la mano que, antes de irse, no supo en dónde dejar, por lo que extendí el brazo para tomarla. Me la dio con una sonrisa de agradecimiento y se fue.

Me quedé pensando en lo antipático que había sido de mi parte no haberle hablado en ningún momento. No podía hacerlo, estaba comiendo. Cuando vino, le pedí disculpas por eso, me reí y, además, le pregunté en dónde había comprado el café (me moría por uno). Ella solo me miró con un gesto ininteligible, se acomodó, respondió mi pregunta con la menor cantidad de palabras posible (“en la esquina”) y sacó el celular. A mi entender, era un momento perfecto para entablar una conversación. Pero es claro que ella pensaba distinto y a mí no me importó mucho en ese momento. La ponencia ya empezaba. Sin embargo, ahora que lo pienso, es sorprendente cuántas posibles charlas quedan en la nada. Nos perdemos buenas conversaciones en muchas ocasiones (o quizá solo evitamos malas, pero prefiero ser optimista).

A veces los desconocidos nos sorprenden y otras veces nos decepcionan. A veces no hacen nada, nos son indiferentes. Me angustio cuando las personas resultan poco sociables, pero me maravillo cuando ocurre lo contrario. Es que muchos desconocidos me han alegrado el día, me han hecho reflexionar y me han sorprendido para bien. Aun así, me siento una ingenua cuando el comportamiento humano me fascina, cuando encuentro en él tanto bien. Sobre todo porque muchas veces termina decepcionándome. Esto último pasa mucho más de lo que debería. No sé entonces con qué idea quedarme. Supongo que, como en muchos casos, la respuesta es solo una: depende.

Fugitivos

Hoy quiero hablar sobre la necesidad humana de escapar. Es algo que todos hacemos en alguna medida. Escapamos de lo que nos da miedo, de lo que no queremos confrontar, de lo que nos parece difícil e incluso de lo que nos puede hacer felices. Sí, a veces la felicidad da miedo. Pero ese no es el punto ahora.

¿Por qué escapamos? No lo sé. En realidad, no tengo la respuesta. Pero puedo decirles que, a veces, escapar es un acto inconsciente. Lo hacemos sin darnos cuenta. Lo hacemos de distintas maneras y no lo notamos. O lo notamos, pero decidimos ignorarlo. Y eso también es parte del escape. Sabemos que estamos escapando y nos proponemos seguir adelante. No nos detenemos.

¿Escapamos porque somos cobardes? Tampoco lo sé, pero todos lo seríamos en alguna medida si así fuera. ¿Quién no ha escapado de algo? Todo el mundo lo ha hecho. El problema no es escapar, sino hacerlo todo el tiempo. En algún momento, tenemos que dejar de huir de eso que nos persigue. La fuga no puede ser eterna. No debería. Sin embargo, para algunas personas, en algunas situaciones, lo es. ¿Son esos los cobardes? De nuevo, no lo sé. ¿Y quién soy yo para decirlo cuando estoy acá, escribiendo sobre escapar con el propósito de escapar de la realidad?

Hace días que le estoy dando vueltas a esta idea y lo único que he concluido es que escapar es necesario. A veces no se puede evitar y no debería evitarse. A veces hace falta y nos ayuda. En su justa medida, nos puede venir bien. Es una manera de alejarse de todo eso que abruma, que agobia, que no deja dormir. Y, a partir de ese alejamiento, uno puede decidir enfrentar la situación o seguir huyendo de ella. O tal vez uno termine dándose cuenta de otras cosas. Quién sabe. Puede pasar de todo.

Hay muchísimas formas de escapar y cada uno tiene las suyas. Algunas son de lo más curiosas. Algunas incluso son hasta provechosas. Hay gente que decide hacer ejercicio. No es una de mis opciones, pero a veces pienso que debería serlo. No es que las mías sean destructivas, pero alimentan mi sedentarismo y, además, se ven acompañadas de comida rica. Así que no, no resultan del todo beneficiosas, solo muy sabrosas.

Vamos a seguir recordándonos que debemos tomar esa decisión, tener esa charla o hacer eso que no queremos. No hay manera de escaparse, mucho menos de hacerlo y salir victoriosos. Ignorar por completo ese mal que nos acecha siempre traerá consigo alguna consecuencia.

El sufrimiento es inevitable. Si no sufrimos por procurar afrontar eso que nos da miedo, sufrimos por no dignarnos a hacerlo. De todas maneras, no podemos engañarnos: el escape puede ser muy reconfortante si uno sabe cómo manejarlo. Por lo que, dado que es casi tan ineludible como el sufrimiento, no nos queda otra que disfrutarlo. ¿Qué sentido tiene huir si vamos a torturarnos por hacerlo? Escapemos felices. Puede que luego volvamos a la realidad dispuestos a combatir eso que antes nos hizo salir corriendo o puede que no, que eso nunca ocurra. No existe manera de escapar del escape; no tenemos escapatoria.

De librerías y galletas

Me encuentro otra vez frente a mi computadora con ánimos de escribir en esto que quiere ser un blog. Fueron varias las veces que, sin éxito, me dije que tenía que plasmar mis ideas en una entrada. Voy a ser sincera: estoy escribiendo porque tengo que estudiar para una clase que no me gusta (entre otras cosas). Es decir, estoy huyendo de mis responsabilidades.

No suelo ser irresponsable. Me considero una persona comprometida con sus deberes, pero precisamente hoy no puedo concentrarme; mi mente divaga de acá para allá. En tales condiciones, seguir leyendo se vuelve un error. Leer sin leer es peor que no leer, así que dejé de leer. Postergué mi actividad para sentarme con una taza de café y un paquete de galletitas de arroz a escribir.

Me gustan mucho las galletas de arroz. Son excelentes para canalizar energías. Uno puede comerlas si está estresado, triste, feliz, angustiado… Se las puede combinar con cualquier cosa (sí, cualquier cosa). Su tan escueto sabor hace que vayan bien con todo. Además, son tan prácticas que son amigas de casi todas las dietas. Últimamente las había dejado de lado. Recurro a ellas cuando tengo que estudiar. En verano, las había eliminado de mi cotidianidad, pero cuando las clases empezaron otra vez, me hicieron falta. Sobre todo las necesito cuando los textos aburridos me abruman.

Cambiando radicalmente de tema, hoy estuve pensando en las librerías. Son increíbles en muchos sentidos. No importa si son chiquitas o grandes, de ciudad o de barrio, antiguas o modernas. Las librerías salvan vidas. Muchos estarán de acuerdo conmigo y otros no comprenderán el porqué.

¿Qué tienen de especial? Bueno, para empezar, están llenas de libros. Eso significa que están llenas de ideas y de mundos. Y de ideas dentro de ideas y de mundos dentro de mundos. Registran lo que pasó por la cabeza de muchas personas. Son el hogar de todo eso que ha trascendido generaciones. No se puede negar que tanto libro junto tiene un toque de magia, de atemporalidad, de viaje espacial…

A veces las librerías tienen café y comida. Uno puede entonces pasarse la tarde allí con mucha más emoción. Puede ir con amigos o puede ir solo. Puede ir a pasar un buen rato, a buscar un libro, a mirar libros, a reflexionar o nada más a comer. Uno puede incluso entrar a una librería porque tiene que hacer tiempo o porque está escapando de alguien a quien no se quiere encontrar. Son muchos los escenarios en los que se pueden ver involucradas.

También están los libreros, esos seres del bien que pueden contarnos cosas de los libros que los rodean (unas veces con más alegría que otras) y con quienes podemos tener charlas eternas. Con ellos se puede compartir angustias y alegrías literarias; es probable que las entiendan y compartan. Y la cosa se pone aun mejor cuando los libreros tienen gatos, perros o plantas coloridas en sus librerías, pues nos alegran la visita.

Si las librerías no son paraísos, no sé qué son. Tal vez debería ir a estudiar a una librería todo eso que no me gusta. Aunque pensándolo bien, es probable que todo el entorno me distraiga y termine leyendo sin leer. El punto es que el mundo es un mejor lugar gracias a ellas y que el ser humano es menos temible por haber sido su “creador”. Son tan simpáticas que hasta me permitieron escribir esta entrada (sin desmerecer las queridas galletas de arroz).

Como ocurre con las librerías o las galletas de arroz, muchas de las cosas que nos rodean tienen su cuota de magia. La mayoría de las veces no la vemos, pero deberíamos hacerlo. Deberíamos detenernos a pensar qué tiene de especial eso que nos gusta tanto. Visualizar el encanto de las cosas, por más sencillas que sean, puede hacernos más felices.

 

Mi primera entrada

Los domingos son muy monótonos. Bueno, tal vez debería decir que mis domingos lo son. Las generalizaciones son malas, no suelen ser acertadas. Uno siempre puede encontrarse alguna excepción por ahí.

A lo largo de mi no tan extensa vida, he intentado tener un blog varias veces. Sin embargo, nunca lo logré. No me atreví, no supe qué escribir en él y no me creí lo suficientemente interesante como para tener uno, así que bueno, todas esas veces lo dejé estar.

Esto aún me intimida un poco, no sé tampoco qué podré escribir acá y sigo siendo muy poco interesante. De todas maneras, parece que estoy decidida a poner esta cosa en marcha. La verdad es que no sé si esta idea prosperará, pero espero que sí lo haga. Tengo que enfrentar mis miedos (o eso me digo), algo se me irá a ocurrir y eso de no ser muy interesante probablemente no pueda cambiarlo, pero supongo que vale la pena el esfuerzo (qué optimista estoy).

Por lo pronto, no tengo nada más que agregar. Dejo esta entrada con la esperanza de que en los días venideros me sirva de estímulo para escribir alguna otra. No sé si ocurrirá, por lo que, si alguien llega a leer esto, espero que no se haga demasiadas ilusiones.

(En realidad, la ilusa soy yo por pensar que alguien va a molestarse en leer estos tristes párrafos que escribí y todavía quedarse con ganas de más).